Del Capítulo  II...

Un año después de aquel amanecer, caminando sobre la nieve de septiembre, habría de inferir que su vida nunca fue producto del azar; hallaría en ella mucho más que el simple testimonio de un periodo que hasta entonces había imaginado.

Llegó la noche del 16 de octubre de 1999 a la ciudad, cuando el otoño se iniciaba. La amenaza de tornados repentinos causó el desvío a otro aeropuerto, debiendo permanecer en el avión por varias horas a la espera. Al tocar suelo era casi ya la media noche, y el vuelo completaba más de seis horas de retraso.

Al salir a la sala de encuentro su mente estaba en blanco, aún flotaba entre los copos plateados que vio durante el viaje. Rodaba la maleta negra que le prestaron para huir de su presente, y lucía los zapatos de charol que consiguió en las premuras de las horas previas. Vio a muchos compañeros de vuelo dispersarse entre abrazos y gritos de emoción. Pronto quedó con un puñado. Al final, solo. Comprendió que así quedaba, solo, a su libre decisión y en tierra ajena. 

De repente se le vio el rostro perfilado, como hecho en parafina; y por la forma de mirar pareció querer deshacer el camino que inició. Se adivinaba con sutileza en su semblante aquella mezcla de dolor y esperanza que se esconde en el viajero que no llega de paseo, que trae a cuestas un pasado, y sueña ingenuo con un futuro imaginado, desconociendo que está lejos de ser la realidad. Lo embargó un sentimiento de infinita soledad en medio de la multitud que caminaba en todos lados, que reía y celebraba.Miró a través de  unos vitrales formidables. Sintió silencio afuera. Filas de carros muy ordenados en parqueaderos que parecían infinitos. Una llovizna menuda creaba un velo fino en la intemperie. Se mecía con suavidad al vaivén del viento, bajo postes gigantescos iluminando con claridad en derredor. A lo lejos, relámpagos frecuentes delataban el plomo de las nubes, cargadas de tormenta todavía. Experimentó miedo de entrar en aquel mundo, de no lograr llegar a su destino esa noche, de no saber conectar con el futuro su pasado. Fue un sentimiento confuso que no logró superar en el momento. Incapaz de abandonar el lugar, decidió buscar apoyo llamando al teléfono que traía apuntado en un arrugado papel, pero no entendió las instrucciones. A pesar de lograr conectarse en el último intento, nadie respondió

CUANDO LA NIEVE CALA EL ALMA.....

"Un hombre ha huído a un país lejano llevando consigo el apego a sus raíces, su familia, su cultura. Mientras, la vida rural en un lugar de América Latina transcurre apacible en medio de bosques, cultivos y montañas. El constraste entre estos dos mundos da rienda suelta a la imaginación, a la suposición de sucesos que encadenarían la trama de la historia. Un flashback continuo en el fluír del relato mantiene la expectativa por el pasado, no contado todavía; pero un día sobreviene la tragedia. Con el devenir de los sucesos ocurre una sorpresa que podría haberle cambiado la existencia".  

Hugo Posar

Del Capítulo III...

Era una mañana resplandeciente de febrero en las montañas. Aún escurría de las hojas el rocío que la noche abandonó. Subía entre surcos de café en flor que esparcían a su paso el aroma de cosecha promisoria. Un aire fresco, casi frío, le llegaba de costado.

Delante de él, con paso optimista y lleno de palabras, el campesino relataba a retazos su historia en esas tierras. Le dijo que era el dueño de la parcela que pisaban; y eso ―pudo advertir en su expresión― era motivo de gran gozo para un hombre como él.

El visitante en silencio lo seguía, y sin ser consciente, lo observaba. Arnulfo era un hombre de campo, de cuerpo en bloque, de esos que cargan en el cinto un machete. A pesar de vivir entre las plantas y la tierra, la blancura resaltaba en su camisa esa mañana. Sobre el hombro un poncho a rayas de algodón, desgastado pero limpio; y terciado, un carriel de cuero de becerro. Un trajinado sombrero aguadeño le cubría la incipiente calvicie que lucía prematura.

Con la camisa ahora humedecida por la espalda y las axilas subía ágil los surcos de café, que de lejos parecían adornar con trenzas verde oliva la pendiente oscura de la loma. Al ritmo que ascendía, desgajaba ramas secas y retiraba almendras inservibles rezagadas de cosechas anteriores.

Tras él el visitante, ya agitado. Mantenía la atención en la voz del labriego, quien regresó al camino por sorpresa varios surcos más arriba, y lo esperó sonriendo con cara llena de paz espiritual.             

―“Como le decía, patrón, de niño ayudé muchas veces en la cocina de la finca donde mi taita y mis hermanos trabajaban… Era, pues, en la cosecha, ¿sabe?; porque el resto del tiempo, pobremente, mi señor, nos entendíamos con la tierrita, la misma de mis viejos.  Allí nos levantábamos la comidita todo el año”. Interrumpió para limpiar otras malezas. Ya su ropa comenzaba a emanar olores vegetales.

―“¡Claro que sí, señor!; yo iba a la escuela. Mis taitas siempre nos pidieron estudiar… ¡Mírela, patrón!, es aquella,… ¿Se fija? La del techo largo que está en el plan del otro lado” ―señalaba una planicie esmeralda, en un alejado macizo montañoso―. “Me iba montado a mero pelo en mi yegua blanca, la Centella”. Guardó silencio. …“Oiga, señor, ¡y sí que quise a esa animalita!... Era muy niño,  con decirle que me la regaló el abuelo apenitas cumplí cinco años”....

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